La despojada vida de Martha Grunenwaldt cobró significado a sus 71 años, cuando decidió comenzar a pintar usando los lápices y crayones de sus nietos. No se sabe mucho acerca de su infancia, excepto que tuvo que trabajar tocando el violín para ayudar con los ingresos familiares. Posteriormente, se casó con un músico conflictivo que decidió quitarle a su hija tras separarse, dejándola como trabajadora de una granja donde le prohibían tocar el violín. Realmente Martha no pudo retomar su vida artística hasta la vejez, cuando logró reunirse con su hija perdida. Su obra autodidacta casi siempre muestra claros rostros femeninos escondidos o asomándose entre una inmensidad de colores y ornamentos. A pesar de dibujar durante poco tiempo, la obra de Grunenwaldt fue haciéndose cada vez más compleja y recargada, formando un legado de miles de trabajos.





